La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de
Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..

......Tu comentario es bienvenido!! (gracias)...........
Queremos recibir tus aportes y sugerencias a: correomanoinquieta@gmail.com

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Diciembre, las fiestas; Enero, los Torneos de Verano

El mes de diciembre siempre se presenta en nuestras vidas casi de improviso. Venimos transcurriendo
el año tranquilos, aunque algo cansados, hasta que a fin de noviembre, de repente, tenemos la sensación de que el año ya termina y a su vez queremos finalizar todo lo que estamos haciendo hasta ese momento. En los trabajos, es el momento de pensar en las vacaciones, reservar la primera o segunda quincena de enero y febrero, que finalmente quedan chicas para la gran demanda de descanso que se produce en la gente. En el ámbito docente, también se precipita el fin del año, con el cierre de notas y los consabidos exámenes de diciembre que nos depositan directamente en las fiestas de Navidad y Año Nuevo y por determinismo cronológico, en el tan esperado enero.
Para el fútbol es el final de los torneos oficiales, pero después de un breve receso, el comienzo del fútbol de verano. De acuerdo a la información que surge del sitio www.universofutbol.com.ar, un portal muy completo dedicado justamente a las estadísticas y el fútbol, los torneos de verano en Argentina arrancaron en 1968, ese año se disputaron dos: La Copa Mar del Plata, que curiosamente el campeón fue un equipo de Hungría: el Vasas, que por lo investigado era un buen equipo en ese tiempo: había ganado la liga de Hungría en 1960/61, 1961/62, 1964/65, 1965/66. Después ganó otra en 1976/77, pero luego nunca más figuró, salvo la Copa de Hungría en la temporada 1985/1986. El otro torneo del año 1968 fue La Copa Libertad, ganada por Boca Juniors. El único año en que no se disputó ningún torneo de verano fue 1976. El golpe de estado genocida fue el 24 de marzo de ese año, pero con anterioridad, el 18 de diciembre de 1975, el Brigadier, Orlando Cappellini encabezó el "Comando Cóndor Azul", un intento de Golpe de Estado contra el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Nuevamente comprobamos la relación directa entre la vida cotidiana y el fútbol. En este caso, en el verano de 1976 no estábamos con la alegría o el humor necesario para gozar del fútbol de verano. Hasta 1990 todos los torneos se disputaron en Mar del Plata, con excepción de 1981, donde se disputaron dos en la ciudad de Córdoba. A partir de 1992 ya hubo otras cedes en escenarios de toda la Argentina. 
Los equipos extranjeros que ganaron algún torneo fueron: Atlético Nacional de Colombia (2005), Cerro Porteño de Paraguay (2007), Nacional de Uruguay (1989), Palmeiras de Brasil (1972) y Vasas de Hungría (1968). Una última curiosidad es que en 1974 el torneo no se terminó “para ahorrar energía eléctrica”. 
El resumen de títulos obtenidos por los equipos participantes en los torneos de verano de todo el país, entre 1968 y 2012 es el siguiente: 

  • Boca Juniors 38 (Último: Copa de Oro Mar del Plata 2011) 
  • River Plate 27 (Último: Copa Ciudad de Mar del Plata 2012) 
  • Independiente 17 (Último: Copa de Oro Mar del Plata 2012) 
  • San Lorenzo de Almagro 15 (Último: Copa Ciudad de Mendoza 2011) 
  • Racing Club 8 (Último: Copa Provincia en Buenos Aires 2012)
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viernes, 21 de diciembre de 2012

Aquel final del mundo


“El problema es cuando te tomás todo al pie de la letra”, así sentenciaba una y otra vez cada charla al borde de la cancha, tirado de costado cual modelo de revista de moda en una sesión de fotos en la playa. La raya de cal zigzagueaba infinitamente y cada vez que se quería acomodar, Osvaldo largaba una de esas frases que uno nunca se olvida, o que mejor dicho, recordamos en los momentos donde el bocho recurre a la esencia de las cosas. Claro que él tiraba la frase con una carcajada detrás, como para ponerle otro tono a la conversación.
Él estaba en todos los partidos, no se los perdía por nada del mundo. Podían jugar con 9 los equipos que se enfrentaban, podía retrasarse el árbitro o el encargado de marcar las líneas, pero Osvaldo tenía un lugar de privilegio en la verde platea. Y hasta se traía su propia butaca, porque en ese momento “la fournier” era una mas de tantas canchas del potrero donde cada domingo se llenaba de gente para ver al 11 Colegiales.
Osvaldo vivía cerca de casa, y no se como hacía pero me lo cruzaba en cada lugar donde iba. Si iba a la verdulería, ahí estaba meta charla con don Toto, recordando algún gol de su River, adulando cómo había bajado la pelota el Enzo ó asombrado con alguna corrida de Caniggia. El tema era que siempre estaba cerca de cualquier movimiento del barrio a tal punto que algunos vecinos ya habían dictaminado que Osvaldo era Droopy de carne y hueso.
Los que formábamos parte de las inferiores de la cuadra sabíamos que hiciéramos lo que hiciéramos él estaría cerca, expectante de saber cómo terminaba el fulbito ó dispuesto a delatar la guarida del último de la escondida.
La calle de mi casa era por ese entonces mi lugar en el mundo, y en el de otros tantos chicos que disfrutábamos de los placeres de la vida infantil. Vivíamos a tres cuadras de la cancha, pero preferíamos nuestro propio estadio en cualquier rectángulo de la calle Arenales. Cualquiera podría decir “¿por qué no van a jugar a la cancha, si ahí no molestan a nadie?”, pregunta que en ese momento tal vez hubiese sido respondida con un movimiento de los hombros hacia las orejas y cara con labios cayendo a los costados, y que años más tarde puedo desmenuzar gajo a gajo.
La calle era de asfalto, pero era la única porque al cruzar Einstein se hacía de tierra y bajaba hasta Almirante Brown en una pendiente que muchas veces servía para las carreras con las cubiertas de camiones que mangueábamos en la gomería de El Negro. Del otro lado, desde Fleming y hasta Aristóbulo del Valle también era tierra y era algo así como el límite de estado: de ahí venían los que nos desafiaban al fulbito.
Los pocos autos que pasaban eran los de Pepe, el almacenero que tenía una chata roja; Ganga con su parsimoniosa camioneta antes o después de un Flete y Marcial con su F100 cuando cerraba la carnicería. Por lo tanto jugáramos a lo que jugáramos las posibilidades de ser interrumpidos por cuestiones de tránsito eran escasas a nulas.
Así, el polideportivo Arenales contaba con innumerables canchas de fútbol (de todos los tamaños y formas), canchas de paleta, no de tenis, de paleta que en algunos casos eran maderas artesanalmente cortadas y trabajadas en desnivel entre el cordón y el asfalto. Hasta en un momento recuerdo que los más grandes habían recorrido las verdulerías para confeccionar una red hecha con bolsas de papa y cebolla para hacer más sofisticada la cancha de piso duro marcada con alquitrán de hulla (o sea, las líneas de brea que sellan las juntas de las calles de asfalto). El invento no tuvo el éxito que se merecía por su dedicación, ya que muchos de los jugadores invitados a participar de los Torneos se quejaban asiduamente porque no veían donde picaba la pelota en el campo contrario.
Había veredas con tierra para jugar a las bolitas (Troya, opi, gallito, etc), al Hoyo Pelota, juego que los más creciditos aprovechaban para corretear a las chicas que ya tomaban impulso en lo que a despertar sexual se refería.
Contábamos también con espacios verdes para el Rango, la mancha, carreras de velocidad como así también numerosos escondites para la escondida: baldíos, casas abandonadas, el micro escolar que Don Enrique había recibido como parte de su jubilación pero que nunca había podido poner en marcha. Este hombre  pasaba su tiempo entre la quiniela y las cartas, pero además tenía una pasión entrañable: el boxeo. Había boxeado en su San Francisco natal y cuando se vino desde Córdoba trajo entre sus cosas los guantes con los que había transitado los rings de su pueblo.
Y algunas tardes nos invitaba a la vereda de su casa, bajo el paraiso cuyas bolillitas eran nuestro principal arsenal para alimentar nuestro poderoso globo y rulero, y ahí improvisábamos el cuadrilátero, nos separaba por tamaño y peso y a guantear se ha dicho. Y nada de llorar, el que pega más veces, gana. El KO estaba prohibido en la calle. Era una regla.
Y por si todo esto fuera poco, a la tardecita se abrían los bares de cada casa y se podían degustar exquisitos mates y refrescos sin necesidad de pagar entrada.

Pero había algo más en esa cuadra. Algo que poco a poco se acercaba a su fin.
Por estos días me encantaría esforzar mi memoria selectiva y recordar alguna palabra de Osvaldo, alguna señal que haya flotado en el aire y que yo, tan metido en mi personaje de chico jugando a ser chico, no haya notado que también se apoderaba de mi.

Era un domingo de diciembre a eso de las cinco o seis de la tarde. Los chicos preparábamos los arcos para jugar después que Radio Rivadavia había dado por finalizada la fecha empezaba el último partido: el nuestro. En décadas cercanas hubiese sido el “codificado” de la fecha o algo así, el tema es que era nuestro ritual.
Pero ese día empezaron a salir todos los varones de la cuadra, y cuando digo todos no estoy exagerando en mi rol de chico que juega a ser chico. Estimo un partido de 15 contra 15, en una extensión de unos 50 o 60 metros, es decir mitad de cuadra, desde mi casa hasta la casa de Ganga y Juana.
Así que empezaron a dividir los equipos para que queden parejos. Los tres varones de mi familia (en ese tiempo Fede era chiquito) jugábamos para el mismo equipo. Mi viejo se instaló en la defensa haciendo gala de su sentido de tiempo y distancia para cerrar como último hombre. Mi hermano mayor, Carlos, jugaba en todos los sectores donde estaba la pelota tal vez poseído por el espíritu de Giunta ó Bernuncio que en ese momento se tiraban de cabeza para marcar. A mí me gustaba jugar adelante, a lo “mandinga” Percudani esperando algún pase o rebote en el cordón para poder definir.
Para el otro equipo jugaba Osvaldo.
 Él jugaba bien cerquita del arco, para empujarla. Sus compañeros no querían que se aleje del área, no le pedían que baje a recibir ni que “abra la cancha”  para tirar un centro porque sabían que su oportunismo era determinante y que alguna le iba a quedar. Si me preguntan a quien se parecía no me animaría a compararlo con ninguno, él se adjudicaba ser el Enzo, aunque en ese momento Francescoli andaba por Europa.
Osvaldo era joven, pero ni siquiera hoy se cuantos años tiene. Pero desde que lo conocí lo recuerdo con sus muletas de madera, pasando por mi casa o bajando del colectivo que cada 40 minutos pasaba por la esquina de Einstein y Arenales. Algunos decían que tuvo un accidente cuando era chico, otros que había nacido así…yo nunca quise preguntarle. A la distancia en el tiempo supongo que si él nunca lo contó fue porque no quería recordarlo, y así todos supimos respetar ese silencio. Un silencio que no era fúnebre ¡eh! Para nada. Su saludo era siempre alegre, y era el primero en llegar después de las doce a brindar en cada casa por la Navidad o el Año nuevo.
El partido tuvo muchos goles, no todos deben recordar cuál fue el resultado, porque a medida que la noche se adentraba los jugadores continuaban su trote hacia los vestuarios sin dar aviso al técnico ni a las autoridades del partido, y así el cotejo fue llegando a su fin. Y con el silbato final de mi vieja que nos llamó a los tres para que, previo paso por la ducha, nos sentemos a la mesa a comer el segundo plato de fideos del día (¡qué ricos son recalentados a baño María!), se terminó aquella final.
Esa misma noche, y sin predicciones de ningún tipo, se transformó el mundo. Nunca más vi un partido igual, ni tampoco pude deleitarme con la media vuelta de Osvaldo pegándole con el borde externo de su muleta derecha engañando al arquero que pensó que le iba a dar con los pies. Ahí fue el final para mí.
Hoy no espero el final de nada, pero tal vez haya alguien jugando a ser chico en la calle Arenales o en cualquier lugar del mundo donde se pueda jugar en paz, palpitando cómo su mundo inicia un proceso de cambio que jamás imaginó.
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miércoles, 12 de diciembre de 2012

El Messi de Baghdad

Hay un Messi de Baghdad que emociona desde un arco y sin una pierna. Que juega con la camiseta 10 del Barcelona y que pone sus muletas como postes de un Camp Nou imaginario y que usa guantes y que también se divierte con una pelota de fútbol. Hamoudi dice que quiere ser como el astro argentino y por eso no descansa pese a las secuelas de la guerra. Este chiquilín de ocho años que perdió la zurda luego de uno de los tantos bombardeos a la capital de Irak es el eje de una historia contada en un cortometraje que se acaba de estrenar en el festival internacional de cine de Leuven, en Bélgica. Baghdad Messi, dirigido por el kurdo Sahim Omar Kalifa, dura 19 minutos y narra esa devoción que Hamoudi tiene por La Pulga y por el Barcelona. Tal vez, el propio Lionel Messi ya esté al tanto de este tráiler que circula en las redes sociales. Ambientado en la zona rural, el adelanto de este film ovacionado por el público belga muestra a Hamoudi desde el arco y con la pelota en la mano, y con ese entusiasmo por que su equipo pueda jugar, quizás, a la velocidad y con la precisión del Barsa. Grita y gesticula, como un arquero de Primera. Sueña y se imagina, como un chico de cualquier potrero del mundo, ese diez que, a esta altura, es un espejo inagotable. Celebra, Hamoudi, un gol de su equipo –todos vestidos con camisetas del Barcelona y diferentes diseños– y da pequeños saltos apoyado en su pierna derecha hasta llegar al abrazo con sus amigos jugadores. La imagen, capaz de vencer y de caminar hacia la utopía. La final de la Champions League 2009 también juega un papel determinante en esta narración de Kalifa. Barcelona, el equipo de todos, y Manchester United, en Roma, genera la lógica atención de estos chicos futboleros que aguardan, pacientes, por ver a Messi y a sus otros amigos. Sin embargo, se rompe el televisor y deben resolver el asunto antes del comienzo del partido. El ingenio de Hamoudi será clave para sortear el obstáculo y disfrutar del juego y de su ídolo. Baghdad Messi, dicen, tiene buenas chances de ser premiada en el festival de Bélgica como mejor película antes de participar en el noveno festival de cine de Dubai, que se llevará a cabo del 9 al 16 de diciembre. El juego en un mundo castigado y la niñez que conserva esa pureza donde los sueños plantean igualdad. A Hamoudi le falta una pierna y quiere ser Messi. En realidad, lo será desde su capacidad para no perder la esperanza y proteger el estado de ánimo. Conmueve, su historia. Y ese es un premio que quizás el Messi auténtico no tenga que recibir en ninguna alfombra roja ni con trajes y trofeos. Porque lo ganó. Arcos de piedras y muletas. La cancha de tierra, seca, y una pelota que suspende y libera a estos chicos de ruidos y de horrores de oscuras escenografías. El Messi del Barsa anda en busca de un nuevo récord y se prepara para la cita de Brasil 2014 y empieza a despegar de comparaciones de otros tiempos por un nivel de rendimiento que no entra en el campo de lo posible. El Messi de Baghdad, sus manos y los guantes, la pierna lo sostiene y el alma lo mueve. La pelota entra al arco. Hamoudi queda en el piso y con ese lamento de un niño que acaba de recibir un gol. Se levanta, Messi, con esas dificultades pero con todas las voluntades. Se saca los guantes, se lleva las muletas de vuelta a casa. A pensar que, tal vez, La Pulga sepa, algún día, quién es. A dibujar, en esa almohada y de noche, jugadas con el diez en la espalda.

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viernes, 16 de noviembre de 2012

Exposición individual de Pinturas y Dibujos

Ante todo pido disculpas al público por la tardía difusión de tan importante evento cultural.
Desde Mano Inquieta, apoyamos el Arte y sus distintas expresiones. Es por ello que los invitamos a la Exposición Individual de Pinturas y Dibujos de la Artista local Mariana Vilarrasa.
El lugar elegido es Parque Cultural Libertad (Avenida Eva Perón y Colombia-Libertad)
La inauguración será mañana Sábado 17 de Noviembre a las 18 hs.
La Exposición permanecerá hasta el 30 de Noviembre, y allí podrán contemplar parte de la obra de esta Artista a la cual recomendamos ya que pudimos apreciar su talento en repetidas ocasiones.
A todos aquellos "amigos inquietos" que quieran asistir, queda hecha la invitación como así también hacerla extensiva a quienes ustedes quieran sugerir. Es un excelente momento para abrir los sentidos y dejarse sorprender.


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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Un único culpable y muchos responsables



 Aquella horrible y fatídica noche del 30 de diciembre del 2004 ha marcado un trazo imborrable en la memoria de todos, ni hablar de los amigos y familiares de los 194 que ya no están.
Mientras que en los medios y redes de comunicación, el espectro variado de opiniones reparte culpas y cargos, responsabilidades e irresponsabilidades (muchos con ligereza y apuro) son muy pocos los espacios en los que se ha escuchado hablar del rol del estado en esta cuestión.
 La única verdad es que hasta ahora, la justicia  ha condenado al gerenciador del boliche y a su mano derecha, a los seis músicos de la banda, al manager y al escenográfo, a un subcomisario y a tres funcionarios de cuarto orden del gobierno porteño. Casi me olvido del tibio juicio político que destituyó a Ibarra..
Ante la falta de voces que por lo menos susurren, aunque sería mejor que griten, que sitúen en lugar y forma, que lo ocurrido  no hubiese sido posible por la existencia de un estado ausente, ciego, sordo y mudo, me dispongo a sacar de mi algunas reflexiones y/u opiniones que quedaron dolorosamente alojadas desde ocurrida esa espantosa tragedia.
 El estado, a través de su poder político y de sus fuerzas de seguridad,  no visibilizó una situación en las narices de muchos. Aníbal Ibarra, los inspectores, los jefes de la policía y  de bomberos permitieron que en el corazón de la ciudad de buenos aires funcionara un local bailable repleto de irregularidades.
No entiendo la cuestión con la facilidad de culpar al estado y con eso eximir al resto. Existió una cadena de responsables que la justicia debe determinar, pero faltan en el banquillo de los acusados los representantes mayores de este estado que no supo cuidarnos cuando ni nosotros lo hacíamos. Digo nosotros porque yo sin haber llegado a estar esa noche, me siento responsable también.
Aquella noche, por esas cosas que dicen del destino, me quedé dormido y no fui al recital, pero estuve en ese lugar otras veces. Es mas, estuve una noche en la que en un show una candela prendió esa maldita media sombra. Media sombra que no hubiese estado sino fuera porque el gerenciador para ahorrar gastos, utilizó para sostener los paneles acústicos que deberían estar amurados al techo. De no haber existido esa provisoria instalación, el fuego no se hubiese propagado como lo hizo.
En ese momento, un Chaban histérico con micrófono en mano, puteó a todo el mundo haciendo esa mala actuación que lamentablemente tiempo después, mostró por todos lados. Algunos pudimos salir gracias a que esa noche la puerta de emergencia no estaba clausurada, mientras otros fueron testigos de cómo una persona agarró una manguera (que por suerte si funcionaba) y apagó el fuego antes que pase a mayores. Una vez apagado, los que habíamos salido volvimos a entrar, entraron nuevos, las luces se volvieron a apagar, Chaban siguió facturando detrás de la barra  y la locura siguió.
Responsables son también los músicos que salieron con el dedo acusador a señalar a la banda Callejeros, cuando en sus propios recitales pasaba lo mismo. Me harté de los periodistas que nunca fueron a un recital y  se llenaron la boca de palabras de asco sin entender cual era la cuestión, mas aun me harté de los que sí fueron pero lo vieron desde la lejanía de sus lugares de privilegio.
Esta locura la construimos todos, publico, artistas, productores, periodistas, discográficas, etc., y fueron años de construcción.. Aquello el indio Solari lo llamo “una granada sin anilla”, que nos fuimos pasando entre todos sin saber cuando explotaría.
Explotó el 30 de diciembre del 2004, y  pasados ya casi 8 años, hoy seguimos ocupados en culpar únicamente a los responsables obviando al culpable.
 Hubo un estado que no supo, no quiso frenar esa locura, que guardó la coima y lucró con nuestras vidas. Ese estado tuvo y tiene responsables políticos, inspectores, jefes mayores de la fuerza de seguridad. Éstos no solo no fueron juzgados, sino que algunos como Ibarra continuaron su carrera política. No me quiero poner reiterativo, respeto profundamente el dolor de todos los que perdieron a un ser querido esa noche y entiendo que con ellos también se han ido parte de su propia vida, pero esa noche en algún punto también murió un inconciente que vivía en mí, que arrastrado por una idea grupal de divertimento, llevó a pasear su pulsión de muerte  por diferentes recitales y que mi generación hoy lamenta haber vivido. 





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sábado, 13 de octubre de 2012

Messi es un perro

La mayoría lo debe haber leído, pero igualmente queríamos tener este texto en el blog. Imperdible de punta a punta, y es un buen momento para ponerlo, después de hacerle 2 goles a Uruguay......

HERNAN CASCIARI, LUNES 11 DE JUNIO, 2012

Escribí esto hace dos o tres meses. Pero bien podía haberlo escrito el sábado a la noche, después del cuatro a tres contra Brasil. Esta reflexión apareció en las páginas 128 y 129 de la revista Orsai número seis y, desde que se publicó, me moría de ganas de ponerla en el blog, de contrabando. Solamente esperaba el momento oportuno para que cada palabra tuviera, otra vez, el apoyo de lo inmediato. Y hoy es buen momento. Me reafirmo, entonces, en la teoría del hombre perro. El texto empezaba así: La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia. Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más. Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes. La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo. Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto. De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae. No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario. Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue. Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto. El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad. Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen. ¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja. Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer. Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla. No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes. Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol. Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro. Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación. ¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo? ¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral? No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas. Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja. Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde. Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido: —El día que él quiera hará seis. No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte. Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca. Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50. Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.


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martes, 9 de octubre de 2012

Los Entornos Invisibles....del Futbol

A continuación, un video de Ciencia y Tecnología. Y usted dirá: ¿Qué le pasa a estos muchachos? ¿Desde cuándo le importan la Ciencia y la Tecnología? Peeeerooo….. acá está involucrado el futbol, Canal Encuentro y Campanella…. Digno de ver y disfrutar…

Entornos Invisibles es un ciclo de divulgación científica de Canal Encuentro, con un formato que incorpora elementos de ficción y humor. A partir de un espacio de gran envergadura, Entornos invisibles… aborda los estudios y recursos de las ciencias básicas y la tecnología que se aplican cuando se proyectan, construyen y utilizan los grandes escenarios de la vida cotidiana del hombre, como los parques de diversiones, las chacras, los recitales de rock, los hospitales y otras construcciones. Lo conduce: Juan José Campanella. En este capitulo: ¿Cómo se logra un efecto cuando se patea una pelota? ¿Qué gana un arquero al adelantarse en un tiro penal? ¿Con qué ángulo de tiro se logra el máximo alcance? ¿Cómo se arma el fixture del torneo argentino de fútbol? ¿Cuál es el papel del diseño en los botines, las pelotas y los guantes de futbol? Estudios científicos y el sentido común pueden darnos algunas respuestas, pero los conductores eligen como escenario un estadio de fútbol para abordar, analizar y poner a prueba los contenidos de física, matemática, biología y tecnología que cumplen un papel fundamental dentro y fuera del campo de juego. 

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miércoles, 3 de octubre de 2012

El Truco y la Vida

Nunca fui un gran jugador de truco, o por lo menos eso es lo que creo y siempre me pregunté si era el motivo por el cual no me gusta mucho jugar al truco. Una vez en una reunión de amigos, hasta me sentí muy mal cuando alguien me dijo, “parece que jugaras con las cartas dadas vuelta”, lo que interpreté como que la cara me vende y que para jugar bien al truco se requiere no mostrar las emociones, que al parecer se me reflejan en la jeta cuando viene alguna mano cargada o al contrario cuando en la mano no puedo hacer ni señas. Pero como siempre en esta vida, hay una explicación para todo. El gran Alejandro Dolina me la dio, aunque la recibí con un poco de atraso. En una de sus intervenciones de “La venganza será terrible” del 12 de diciembre del año 1987, que escuché en Internet y que transcribo a continuación, me dejó un extraordinaria tranquilidad de espíritu, aunque nunca llegue a jugar bien al truco: “Eduardo de Olivos dice si podemos dar un curso para jugar bien al truco. ¡No!No hay cosa más ingrata que las personas que creen que juegan bien al truco.Yo no digo que sea ingrato jugar bien al truco. Yo no digo que esté mal jugar bien al truco, es fenómeno jugar bien al truco, pero aquellos tipos que presumen de jugar bien el truco son aburridísimos. Te dicen: ¡eh, le canté la falta sin nada, se fue al mazo el gil! Cualquiera puede jugar bien al truco, hay saber jugar un poquito y ligar. Se puede jugar bien al truco, pero no es una cosa de la uno pueda envanecerse tanto. Porque conozco yo renombrados gilastros que juegan bien al truco. Pero se hace de esto una especie de alegoría de una cierta habilidad como para enfrentar la vida. Y en cierto momento del truco los tipos que le llevan a usted siete porotos, lo miran como perdonándole la vida, como diciendo, pero no ves hermano que yo caí al Universo mucho mejor dotado que vos. Y no es así, me estás ganando un partido de truco nomás. Mirá, mirá con que le dí la falta! Le tengo bronca a esos tipos y voy a confesar algo que no me va a jugar mucho favor, no me gusta jugar al truco. He jugado mucho al truco, pero no me gusta. Debe hacer como tres días que no juego.”
EL ALQUIMISTA J.V. Leer más...

lunes, 17 de septiembre de 2012

Ajedrez, Damas y Whistle (juego de cartas) - Cuento: "Los crímenes de la rue Morgue" de Edgar Allan Poe

Las condiciones mentales que suelen considerarse como analíticas son, en sí mismas, poco susceptibles de análisis. Las consideramos tan sólo por sus efectos. De ellas sabemos, entre otras cosas, que son siempre, para el que las posee, cuando se poseen en grado extraordinario, una fuente de vivísimos goces. Del mismo modo que el hombre fuerte disfruta con su habilidad física, deleitándose en ciertos ejercicios que ponen sus músculos en acción, el analista goza con esa actividad intelectual que se ejerce en el hecho de desentrañar. Consigue satisfacción hasta de las más triviales ocupaciones que ponen en juego su talento. Se desvive por los enigmas, acertijos y jeroglíficos, y en cada una de las soluciones muestra un sentido de agudeza que parece al vulgo una penetración sobrenatural. Los resultados, obtenidos por un solo espíritu y la esencia del método, adquieren realmente la apariencia total de una intuición. Esta facultad de resolución está, posiblemente, muy fortalecida por los estudios matemáticos, y especialmente por esa importantísima rama de ellos que, impropiamente y sólo teniendo en cuenta sus operaciones previas, ha sido llamada por excelencia análisis. Y, no obstante, calcular no es intrínsecamente analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, lleva a cabo lo uno sin esforzarse en lo otro. De esto se deduce que el juego de ajedrez, en sus efectos sobre el carácter mental, no está lo suficientemente comprendido.
Mi intención ahora no es escribir un tratado, sino que prologo únicamente un relato muy singular, con observaciones efectuadas a la ligera. Aprovecharé, por tanto, esta ocasión para asegurar que las facultades más importantes de la inteligencia reflexiva trabajan con mayor decisión y provecho en el sencillo juego de damas que en toda esa frivolidad primorosa del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen distintos y extraños movimientos, con diversos y variables valores, lo que tan sólo es complicado, se toma equivocadamente —error muy común— por profundo. La atención, aquí, es poderosamente puesta en juego. Si flaquea un solo instante, se comete un descuido, cuyos resultados implican pérdida o derrota. Como quiera que los movimientos posibles no son solamente variados, sino complicados, las posibilidades de estos descuidos se multiplican; de cada diez casos, nueve triunfa el jugador más capaz de concentración y no el más perspicaz. En el juego de damas, por el contrario, donde los movimientos son únicos y de muy poca variación, las posibilidades de descuido son menores, y como la atención queda relativamente distraída, las ventajas que consigue cada una de las partes se logran por una perspicacia superior.
Para ser menos abstractos supongamos, por ejemplo, un juego de damas cuyas piezas se han reducido a cuatro reinas y donde no es posible el descuido. Evidentemente, en este caso la victoria —hallándose los jugadores en igualdad de condiciones— puede decidirse en virtud de un movimiento buscado resultante de un determinado esfuerzo de la inteligencia. Privado de los recursos ordinarios, el analista consigue penetrar en el espíritu de su contrario; por tanto, se identifica con él, y a menudo descubre de una ojeada el único medio —a veces, en realidad, absurdamente sencillo— que puede inducirle a error o llevarlo a un cálculo equivocado. Desde hace largo tiempo se conoce el whist (juego de cartas) por su influencia sobre la facultad calculadora, y hombres de gran inteligencia han encontrado en él un goce aparentemente inexplicable, mientras abandonaban el ajedrez como una frivolidad. No hay duda de que no existe ningún juego semejante que haga trabajar tanto la facultad analítica. El mejor jugador de ajedrez del mundo sólo puede ser poco más que el mejor jugador de ajedrez; pero la habilidad en el whist implica ya capacidad para el triunfo en todas las demás importantes empresas en las que la inteligencia se enfrenta con la inteligencia. Cuando digo habilidad, me refiero a esa perfección en el juego que lleva consigo una comprensión de todas las fuentes de donde se deriva una legítima ventaja. Estas fuentes no sólo son diversas, sino también multiformes. Se hallan frecuentemente en lo más recóndito del pensamiento, y son por entero inaccesibles para las inteligencias ordinarias. Observar atentamente es recordar distintamente. Y desde este punto de vista, el jugador de ajedrez capaz de intensa concentración jugará muy bien al whist, puesto que las reglas de Hoyle, basadas en el puro mecanismo del juego, son suficientes y, por lo general, comprensibles. Por esto, el poseer una buena memoria y jugar de acuerdo con «el libro» son, por lo común, puntos considerados como la suma total del jugar excelentemente. Pero en los casos que se hallan fuera de los límites de la pura regla es donde se evidencia el talento del analista. En silencio, realiza una porción de observaciones y deducciones. Posiblemente, sus compañeros harán otro tanto, y la diferencia en la extensión de la información obtenido no se basará tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. Lo importante es saber lo que debe ser observado. Nuestro jugador no se reduce únicamente al juego, y aunque éste sea el objeto de su atención, habrá de prescindir de determinadas deducciones originadas al considerar objetos extraños al juego. Examina la fisonomía de su compañero, y la compara cuidadosamente con la de cada uno de sus contrarios. Se fija en el modo de distribuir las cartas a cada mano, con frecuencia calculando triunfo por triunfo y tanto por tanto observando las miradas de los jugadores a su juego. Se da cuenta de cada una de las variaciones de los rostros a medida que avanza el juego, recogiendo gran número de ideas por las diferencias que observa en las distintas expresiones de seguridad, sorpresa, triunfo o desagrado. En la manera de recoger una baza juzga si la misma persona podrá hacer la que sigue. Reconoce la carta jugada en el ademán con que se deja sobre la mesa. Una palabra casual o involuntaria; la forma accidental con que cae o se vuelve una carta, con la ansiedad o la indiferencia que acompañan la acción de evitar que sea vista; la cuenta de las bazas y el orden de su colocación; la perplejidad, la duda, el entusiasmo o el temor, todo ello facilita a su aparentemente intuitiva percepción indicaciones del verdadero estado de cosas. Cuando se han dado las dos o tres primeras vueltas, conoce completamente los juegos de cada uno, y desde aquel momento echa sus cartas con tal absoluto dominio de propósitos como si el resto de los jugadores las tuvieran vueltas hacia él. 
El poder analítico no debe confundirse con el simple ingenio, porque mientras el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso está con frecuencia notablemente incapacitado para el análisis. La facultad constructiva o de combinación con que por lo general se manifiesta el ingenio, y a la que los frenólogos, equivocadamente, a mi parecer, asignan un órgano aparte, suponiendo que se trata de una facultad primordial, se ha visto tan a menudo en individuos cuya inteligencia bordeaba, por otra parte, la idiotez, que ha atraído la atención general de los escritores de temas morales. Entre el ingenio y la aptitud analítica hay una diferencia mucho mayor, en efecto, que entre la fantasía y la imaginación, aunque de un carácter rigurosamente análogo. En realidad, se observará fácilmente que el hombre ingenioso es siempre fantástico, mientras que el verdadero imaginativo nunca deja de ser analítico. Leer más...

lunes, 10 de septiembre de 2012

¿Por qué una "Mano Inquieta" se detiene?

En principio corresponde pedir las disculpas del caso para todos los seguidores del blog por este “parate” que lleva aproximadamente 5 meses En muchas reuniones informales del grupo de ¿escritores? Nos preguntamos más de una vez, que es lo que pasaba. ¿Por qué entre por lo menos 6 personas no podíamos incorporar nada nuevo al blog? Las pobres reflexiones que voy a tratar de transmitir por supuesto no representan la opinión del consejo de redacción (que en realidad nunca hubo), así que son la ocurrencia exclusiva de uno de los escribientes del blog y de ninguna manera interrumpen la sequía del mismo. En la vida cotidiana y con más razón en la literatura me someto a la siguiente reflexión incuestionable: “si no hay nada importante que decir, mejor no decir nada”, o algo así. Este principio lo hemos cumplido con creces, pero esto lleva a la pregunta ¿porqué no tenemos nada importante que decir? Indudablemente, los escritores aficionados pasamos por momentos de falta de inspiración, se nos terminan las cosas que habíamos escrito hace tiempo, como así también las producciones de otros que incorporamos porque sencillamente nos encantan y no hay forma de decirlas mejor que como las dicen los que saben, pero además vemos que los escritores profesionales tienen una determinada disciplina para escribir, lo cual lleva a adoptar una actitud de constancia para “atacar” el papel en blanco, en este caso el Word de la PC. También hay que tener en cuenta que, los que algo escribimos nos encanta leer y muchas veces no tenemos el tiempo suficiente, mucho menos nos queda otro tiempo para escribir. Finalmente refiriendo algunos tips de escritores famosos, tenemos las siguientes curiosidades: 
• El gran maestro Jorge Luis Borges registraba sus sueños y luego utilizaba ese material para enriquecer sus cuentos, estamos al horno los que no soñamos nada importante.
• Ernesto Sábato tenía el hábito de quemar por la tarde lo que había producido hasta el mediodía. Si nada se escribe no hay nada que quemar

• Carlos Fuentes componía "mentalmente" sus seis o siete páginas diarias en un paseo que incluía la casa de Albert Einstein, la de Hermann Broch y la de Thomas Mann, en Princeton. No tengo ni la mente para acordarme después, ni la inspiración que debía producir pasar regularmente por las casas de semejantes escritores

• Abelardo Castillo sentía que no podía ponerse a trabajar si antes no limpiaba su máquina de escribir. Para ello, tenía un pincelito especial para repasar los tipos y evitar que se empastaran. Su obstinación, a menudo, surtía efectos no deseados: como utilizaba querosene, los mecanismos muchas veces terminaban por ensuciarse y, al final de la tarea, no se podían usar. "Cuando me quería acordar, habían pasado tres horas y no había escrito nada”. Este caso no corresponde a nuestra realidad ya que no tenemos (creo) obsesiones como esta y hemos superado la tecnología de escritura de Castillo

 • Dashiell Hammett, uno de los maestros de la literatura negra policial, se había instalado en una suite del Beverly-Wilshire y recibía a sus pocas visitas vestido con una costosa bata con sus iniciales, solía decir que un hombre puede hacer con su vida lo que quiera, pero que la escritura tiene ciertos principios que deben respetarse. Para tanto no estamos.

• Ernest Hemingway dijo que se requiere disciplina para trabajar todas las mañanas y también para dejar de pensar en la obra al levantarse del escritorio, de modo que ésta se siga escribiendo sola en alguna parte de la mente. También recomendaba dejar de escribir cuando la historia fluía, de modo de poder retomarla sin inconvenientes a la mañana siguiente. Otro problema para nosotros los aficionados es el tiempo necesario para seguir pensando en la obra.

• William Faulkner, tenía una áspera receta para cualquier aspirante a narrador, se requería un 99% de talento, 99% de disciplina y 99% de trabajo para lograrlo. Otro imposible 

• Antonio Dal Masetto para escribir su novela “Siempre es difícil volver a casa” se propuso recopilar diálogos, apuntes de personajes y descripciones en servilletas de bares y papelitos sueltos, que fue acumulando en numerosas cajas de zapatos. Para imponerse un orden, dividió las cajas en tres grandes grupos: inicio, nudo y desenlace. Siguió así hasta que, en un momento dado, le puso punto final a esa tarea, se sentó frente a la máquina, vació las cajas y a partir del material acumulado redactó una página, un capítulo y, finalmente, el libro entero. "Es un método que no se lo recomiendo a nadie", bromeó después Dal Masetto en una entrevista. Creo que tenía mucha razón. 

Teniendo en cuenta como escribían estos “mostruos” y que nunca les llegaremos ni a los tobillos, recomiendo hacer lo que hice hoy que dispuse de un tiempito, no sabía que escribir y en un par de horas se me ocurrieron estas gansadas Brindo para que otra vez se inquieten las manos amigas y pueda leer historias hermosas como hasta ahora se han escrito. ¡Salud compañeros escritores aficionados!
J.V. EL ALQUIMISTA
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lunes, 16 de abril de 2012

Garrafa, la pelicula


Nunca ganó los millones de Messi ni se lo vio con las modelos top del momento.
Jamás se llevó el Balón de Oro ni brilló en el fútbol europeo. Pero tampoco nunca se lo vio demasiado interesado en alcanzar ese tipo de logros. José Luis “Garrafa” Sánchez era un futbolero de barrio. Esos enamorados de la pelota que saben muy bien cómo tratarla y hacerla feliz. A ella y a todo aquel que se detenga a mirar la relación entre ambos.
Eso se transmitía al público (de propios y extraños) a través de su manera de jugar. Displicente. Insolente. Lleno de talento. Casi faltándole el respeto al híper profesionalismo del fútbol moderno. Es que a “Garrafa” no le interesaba jugar al fútbol. Él amaba jugar al “fulbo”. Y así dedicó su carrera a llenar de alegría el corazón del “fulbolero”. De aquel que se emociona cuando ve un caño, un sombrero, una pisadita, un taco.
Así lo interpretaron los hinchas de Banfield, de Laferrere, de El Porvenir y del fútbol en general.
El Garrafa, una película de fulbo es un fruto nuevo en el árbol artístico de José Luis Sánchez, que guarda cuatro canciones y una estatua en el Florencio Sola. Su vida está contada por amigos, familiares, colegas. Y por sus ocurrencias. Por sus salidas. En 1998, el Gaucho Alfredo Almirón, compañero en El Porvenir, iba en un auto junto a Garrafa rumbo a la segunda final por el ascenso a la B Nacional entre su equipo y Deportivo Armenio. El presupuesto no alcanzaba para las concentraciones. En Pompeya, Garrafa le dijo que pare. Se bajó y volvió con dos chorizos a la pomarola. “Tenemos que jugar una final. Ni en pedo me como eso.” Garrafa le devolvió: “¿Quién te dijo que uno es para vos?”. Al psicólogo deportivo Darío Mendelsohn, a quien tuvo en El Porve, le rompía los tests en la cara y le recriminaba: “Sos una mentira que camina.” Lo hacía para divertir al plantel. En un comentario en la página web de la película, un hincha de Banfield escribe: “No vi nada igual. Cuando jugaba era feliz. Tengo una remera con una foto que me saqué en el predio. Antes de un partido con Boca que perdimos le pregunté si estaba nervioso, y me dijo: ‘Sí, porque en media hora tengo la revancha al pool con el Laucha (Lucchetti) y le tengo que ganar’.”
Era el jugador que Alejandro Dolina había elegido para querer. En la sala de lectura de su casa, el Negro, entrevistado para el documental, tiene un par de fotografías junto a él. Ricardo Spreafico, aquel que en el asado pensó que Garrafa tenía frío, a partir de entonces entabló una amistad con él y su familia. Ricky, el asistente de dirección, ofició de contacto entre José Luis y Dolina. El escritor lo había elogiado en público. “¿Viste lo que dijo de vos? Te quiere conocer”, le comentó. “Buenísimo, pero, ¿quién es?” Ricky fue al teatro a verlo a Dolina y le dijo que Garrafa quería hablarle y regalarle una camiseta. “Abrió los ojos grandotes y dijo: ‘¿En serio? Sería un honor’.” “Cuando tuvo el accidente y se mató, Dolina me llamó. Estaba muy triste. Como si le hubiese pasado a un amigo. Hay gente que no lo conoció y también se emocionó.” En Laferrere sí lo conocen. Es un semidiós. Cuando le preguntaron qué fue lo más importante que le pasó en su carrera, respondió: “Haber debutado contra Almirante Brown.” “Cuando vos llegás a Laferrere, hay dos imágenes: la de Gregorio de Laferrere y la de Garrafa”, suma Smietniansky. “Ahí hablás del Diez y es uno de los pocos lugares que no representa al Diego.” La leyenda conurbana cuenta que en un Día del Niño José Luis pasó a bordo de una moto por el centro de la ciudad, vio los festejos y regresó con cajas de alfajores para repartir entre los chicos.
Hoy, como dice Cherco, la gente vuelve a la cancha a ver a Garrafa, al lugar en el que desparramó felicidad ese hombre-niño con sus travesuras. A esta película, que nació entre carnes y vinos, hace dos años le levantaron el pulgar final. Antonia, la madre de José Luis, había tenido problemas cuando se le acercaban después de la muerte de su hijo, en especial con los dirigentes de fútbol. “Los hermanos mellizos, Adolfo y Fabián, estaban muy de acuerdo –dice Sergio Mercurio–, pero era importante la opinión de la madre.” Mercurio, el titiritero de Banfield, fue hasta la casa y la invitó al Teatro Cervantes a ver la obra Viejos. Cuando terminó, salió a saludar al público. La mujer se le acercó y le auguró: “Vas a hacer la película y va a salir bien porque ustedes la hacen con el corazón y a pulmón. Te espero en mi casa para comer.” Mercurio descubrió que la única posición beligerante del jodón de Garrafa la levantó en defensa de su familia. Más aun: que a todos les cuesta ponerlo en pasado.
Fuentes: Tiempo Argentino y 24CON.
Gracias J.Rehl por el aporte.

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jueves, 22 de marzo de 2012

“A NOSOTROS NOS GANÓ EL GENERAL VANDENBERGH…”

Hacía rato que no se reía tanto. Esta vez si que no hubo recuerdos tristes, ni ninguno se bajoneó por algo que se dijo. Todo fue reírse, desde el principio hasta el final. También, verlo al Rulo con la bandera argentina corriendo a los Holligans, fue como recuperar Puerto Argentino. Seguro que no es lo mismo, que no se puede comparar, que la “Mano de Dios” no puede hacer olvidar a la “Garra del diablo”, pero es una revancha, un poco de sabor a victoria entre tanto gusto a derrota.
Hace cuatro años, desde que volvieron de Malvinas, que se juntan todos los meses. Los mismos seis que salieron de Puerto Belgrano aquel 10 de abril rumbo a las Islas. Desde entonces son inseparables. Faltan “El Viejo” Ramírez y “El Negro” Carracedo que quedaron en Monte Longdon eternamente.
Parece mentira que ya pasaron cuatro años. Al principio creyó que iba a quedar inmóvil para siempre, pero después de tanto darle a la rehabilitación, por lo menos hoy puede estar sentado aunque sea en una silla de ruedas. Todavía se acuerda cuando en el Hospital Militar el médico le mostró la radiografía a la vieja:
- “¿Ve señora?, la esquirla le rompió la espina dorsal. Por suerte no atravesó ningún órgano importante, pero lamentablemente su hijo no va a volver a caminar”.
Ellos creían que estaba dormido, que no escuchaba lo que hablaban, pero no, escuchó todo y por la rendija de la venda que le cubría la cabeza y casi los dos ojos, pudo ver su columna destrozada.
Pensar que por pocas horas casi zafa. Justo en el último día, cuando todo se terminaba, el 13 de junio, en el último ataque inglés sobre el Monte antes de tomar Puerto Argentino, se fueron a descuidar. Sino, no pasaba nada.
- ¡Los ingleses estaban perdidos, viejo, ya los teníamos, un día más que resistiéramos y hubiesen empezado a retroceder! Es lo que yo digo y nadie me lo va a sacar de la cabeza: ¡A nosotros nos ganó el “General” Vandenbergh!, repetía Lucho enfurecido a quien quisiera escuchar.
La primera vez que se lo dijo a los muchachos lo miraron espantados pensando que además de la columna, había quedado sonado del mate. Creyeron que estaba desvariando, que tenía algún síndrome post-traumático que le había afectado el razonamiento y la memoria. Cambiaron de tema enseguida. ¿Quién era ese tal Vandenbergh? ¿De dónde había salido? Si todos sabían a esa altura que el jefe de las tropas británicas era Jeremy Moore y el segundo se llamaba Julián Thomson. ¿De dónde había sacado eso que el responsable de la victoria pirata era ese tal Vander…no se qué?
Después que se los dijo se arrepintió. Sintió que sus amigos todavía no estaban preparados para que les explicara quien era Vandenbergh y porqué pensaba así.
Después de todo, los únicos que estaban con el en el momento que ocurrió eran “El Viejo” Ramírez y “El Negro” Carracedo, pero ellos se habían quedado allá, en las alturas del Monte, porque la ráfaga de los Sea Harrier les pegó de pleno y a él le reboto una esquirla que le destrozó la médula. Más adelante les iba contar, por ahora no, ya iba a llegar el momento de explicarles porque para él Vanderbergh había sido decisivo.
- Muchachos, discúlpenme, me voy un rato a la pieza. Me duele mucho la espalda, debe ser por la tensión del partido. Ustedes quedensé y sigan gozándola, después los veo.
Para Lucho hasta los 18 años la vida no pasaba por otro lado que no fuera el fútbol. El mundial 78 lo fanatizó tanto que vivía esperando que empiece el próximo. Ese sí que iba a ser un mundial que íbamos a ganar sin dudas. El 6 a 0 a los peruanos había dejado un manto de sospecha, de arreglo entre milicos para que la dictadura argentina sacara pecho ante el pueblo, que hizo que el triunfo dejara serias dudas. Pero el de España era otra cosa. Además, en el 78 Menotti lo dejó afuera al Diego, pero ahora no había vuelta, esta vez Maradona era número puesto y después de ser campeón con Boca y ahora que iba a jugar en Barcelona, seguro que Argentina iba a ser Campeón del mundo otra vez y Diego, el mejor de todos.
Así transcurría la vida de Luis en esos días de principios del 82. Cuando llegó la carta para presentarse en Arana, sintió un escalofrío que lo conmovió.
La cabeza le empezó a andar a mil y a la tarde, cuando se encontró con sus amigos les contó sus temores.
- ¡Che, me llamaron para hacer la colimba! ¡Tengo que presentarme el lunes!
Cacho lo miró con cara de resignación y le dijo:
- “ Que le vas a hacer Lucho, te tocó, pero ahora no pasa nada, jodido fue con los de la clase 55, 58, los que hicieron la colimba en el 76, 77, a esos pibes los sacaban a hacer operativos, tenían que ir a reventar casas, a secuestrar gente, ¡no sabes como volvieron! Ahora está todo más tranqui…”
- Pero no boludo, no entendés. ¡Faltan tres meses para el mundial! ¡Empieza el 13 de junio y yo voy a estar adentro! Mirá si los milicos no me dejan ver los partidos. ¡Yo me pego un tiro en las bolas, me quiero morir…!
Y si, tenía razón. Había que ver donde estaba para el partido inaugural, con Bélgica, el 13 de junio al mediodía.
Ese fin de semana antes de presentarse, fue un calvario. “¿No podían haberme llamado después del mundial, para qué carajo nos quieren ahora en marzo sino pasa nada?. No hay guerra con los chilenos, no hay guerrilleros, ¡¿para qué nos quieren ahora?!”.
El lunes se despidió de los viejos con la idea que en unos días estaba de vuelta, con la primera salida. Mientras esperaba que lo llamen, en el playón del Regimiento de Infantería 7, todavía le quedaba la esperanza que le digan que había muchos, que sobraban pibes y por ahí lo mandaban de vuelta. Pero cuando empezaron a poner los camiones de culata y les dijeron que juntaran los bagayos y que suban, se dio cuenta que la cosa se complicaba. Ya en el camión, conoció a los otros que fueron sus compañeros inseparables. Y ahí se enteró de la mala noticia: iban para Puerto Belgrano. “¿Y eso dónde queda? ¿Qué colectivo va para ahí?”, le preguntó al “Viejo” Ramírez que estaba sentado al lado suyo. El “Viejo” Ramírez era clase 59, tenía como cuatro años más que el resto de los colimbas que tenían 18, había pedido prórroga por estudios pero se le terminó y tuvo que presentarse.
- “No boludo, le contestó el “Viejo”, ¿Que colectivo?, Puerto Belgrano queda en Bahía Blanca, ¿Viste la loma del orto?, bueno, un poco más allá. En este camión que va a 40, tenemos como un día de viaje...”
No lo podía creer. Bahía Blanca… ¿Habría tele en Bahía Blanca para ver el mundial…?
Apenas llegó a la base naval empezó a averiguar si ahí tenían televisores. Le dijeron que solo había en el Casino de Oficiales, pero que en ese lugar no entraban los colimbas. Todos los días de marzo se la pasó averiguando como iban a hacer para ver el mundial. Al principio los milicos se calentaban, le contestaban mal, se los veía nerviosos y encima Lucho los cargoseaba con eso de la tele para ver los partidos. Al final ya lo tomaban en joda y no se calentaban tanto, ya sabían que a él sólo le importaba el fútbol y el próximo mundial.
Cuando el 2 de abril se despertaron con la noticia que habíamos tomado Malvinas, el corazón casi le salta del pecho. ¡Malvinas!, ¡Las Islas Malvinas!, ¡Esas Islas de las que tanto me había hablado mi viejo, las Islas que se robaron los piratas ingleses hacía mas de 100 años…!
Después del primer momento de euforia, empezó a entender porque los habían traído a Bahía Blanca. Durante todos esos días, Lucho y sus amigos de colimba se preguntaban qué tenía que hacer un Regimiento del Ejército en una base naval. Ahora entendían. Seguro que irían a Malvinas, para eso estaban preparados los barcos que estaban en el Puerto. Por eso es que los están poniendo en condiciones. Algunos de sus amigos se bajonearon, empezaron a tomar conciencia que iban a la guerra. Lucho no, él tenía demasiadas cosas contra los ingleses. Su viejo le contó todas las que nos hicieron: las Invasiones Inglesas, la Vuelta de Obligado, las Malvinas, la expulsión de Rattin…, fueron muchas las cosas que nos habían hecho los piratas y ahora había llegado el momento de cobrarles…
A la noche de ese 2 de abril, mientras todos ya dormían, lo despertó al “Viejo” Ramírez, su “Gurú”, su oráculo que todo lo sabía: “Che Viejo, despertate, escuchame una cosa, ahí, adonde vamos, en las Islas, ¿Habrá tele para ver el Mundial...?
- Sí, Lucho, seguro, ¿Como no va a haber televisión para ver a la blanquiceleste, si las Malvinas son Argentinas…?!
El viaje hasta las islas les llevó 10 días. Al amanecer del 20 de abril, bajo una llovizna persistente desembarcaban y enfilaron los ocho, inseparables como el primer día, rumbo a Puerto Argentino.
Mientras el grupo se acomodaba, Lucho salió a recorrer el pueblo con una sola preocupación: averiguar si había algún lugar donde se pudiera ver el mundial. Mientras caminaba se dio cuenta que la cosa iba en serio. Los kelpers miraban por los visillos de las casas, sin siquiera asomarse, mientras las tropas argentinas patrullaban la ciudad en toque de queda. Ahí se dio cuenta que lo que había pensado que era hacerse amigo de una familia con tele, la realidad era muy distinta. Los kelpers son ingleses, no nos quieren, al contrario, hay que tener cuidado que no te peguen un tiro por la espalda…
Volvió desilusionado. Los muchachos ya estaban preocupados porque había tardado mucho. Les contó el ambiente que se respiraba por las calles de Puerto Argentino y lo peor de todo: empezaba a pensar que se iba a perder el mundial. No lo iba a poder ver.
Al otro día, su objetivo inicial ya se había reducido. Bueno, por televisión no, pero seguro que alguna radio se podrá conseguir, aunque sea para escucharlo.
Los levantaron bien temprano. Había que salir a patrullar, a reconocer el lugar y empezar a familiarizarse con el escenario de combate.
Su primera tarea fue llevar provisiones a las tropas del RI7, sus compañeros, que estaban desplegadas en los alrededores de Puerto Argentino. Para Lucho todo era como si viviera en el medio de una película, sin embargo, había un tema que lo seguía obsesionando, aún en el medio de ese escenario fantasmagórico. ¿Como vamos a hacer para conseguir una radio para poder escuchar el mundial?
Llegó a la noche y no se podía dormir. Faltaban casi dos meses para el partido inaugural del 13 de junio. Pensaba que a lo mejor esto de la guerra terminaba enseguida, que por ahí los ingleses se daban cuenta que era al pedo seguir ocupando unas islas que a ellos no les servían para nada, que les quedaban a más de 14.000 km, ¡14.000 km! Seguro que ahora si aflojaban y decían “¡ma’ si, que se las queden; para que nos sirven!” Pero no, estos son piratas, siempre lo fueron, nunca entregaron nada por las buenas, siempre te roban y sino mirá lo que pasó en el 66’, en Wembley, cuando nos afanaron un partido que los podía haber dejado afuera del mundial; ¡de su mundial! No, estos van a venir, no se la van a aguantar…
- Che, “Viejo”, lo despertó a Ramírez como siempre que algo lo angustiaba.
- ¿Qué pasa Lucho?, masculló el “Viejo” fastidiado otra vez por su incansable compañero.
- Escuchame, en serio, ¿Como vamos a hacer, pensaste algo?
- ¿De qué me hablas, Lucho, si pensé algo de qué?
- Del mundial, de la radio, ¿De donde la vamos a sacar?
- ¡Dormite hincha pelotas, estoy muerto, mañana vemos, pero no me jodas más!
Lucho se quedó callado. Sabía que cuando el “Viejo” tenía sueño, joderlo era una misión suicida. Se quedó mirando al techo sin poder dormir, pensando, imaginando, soñando con el primer partido…
Al otro día, antes de ir a la “ranchada” lo agarró el “Viejo” y se lo llevó para un costado.
- Lucho, en serio, dejate de joder. ¿No ves que esto es una guerra de verdad?; ¿ No te diste cuenta todavía? Pará con eso del mundial que de acá por ahí nos sacan con los pies para adelante. ¡Date cuenta Viejo!
Lucho lo miró asombrado. Nunca lo había visto así. Se dio cuenta que se lo decía bien, con cariño, pero también con la seriedad de los que saben que las cosas se iban a poner jodidas. Ahí le cayó la ficha de la gravedad de lo que estaban viviendo... Ya está. Ya entendí, pensó. Pero fue solo un instante. Enseguida volvió a la carga.
- Está bien “Viejo”, tenés razón. La verdad es que estoy medio obsesivo, desubicado, pero entendeme, para mi no es una boludez. ¿Sabés que pasa?, yo tenía que estar en este mundial, yo iba a viajar con los pibes del Sub-20 a hacer de sparring de la Selección. Desde el año pasado que lo sabíamos, pero en octubre me fracturé el tobillo y quedé afuera. El día que los pibes tomaron el avión para España, a mi me llegó el telegrama para la colimba. ¿Qué querés que haga?, por lo menos si lo escucho es como si estuviera con ellos. Pero tenés razón, me tengo que dar cuenta que esta es una guerra.
El “Viejo” lo miró como siempre, no quería que lo viera aflojar, no podía dejar que Lucho se sintiera desprotegido, solo le contestó:
- Está bien, rompe bolas, dame un par de días a ver qué puedo hacer…
Lucho no volvió a hablar del tema. Los días transcurrían en medio de una llovizna persistente que calaba hasta los huesos. Cada vez anochecía más temprano y el frío se iba haciendo más intenso. El R.I. 7 se había completado con el último contingente que llegó en los Hércules y se preparaba para la misión que tenía encomendada, que era defender los Montes que circundan Puerto Argentino.
Hasta el 1º de mayo, la guerra era todavía un hecho lejano. Pero ese día, mientras recorrían las posiciones, desde Longdon pudieron verla en carne viva.
Detrás de los montes aparecieron los Mirage y los Skyhawk, y se mandaron a toda velocidad hacia tres buques ingleses que bombardeaban la costa. El ataque fue inesperado. No se la vieron venir. Los bombazos de la escuadrilla les pegaron a las tres embarcaciones que huyeron hacia el sur, envueltos en llamas.
Los gritos de Lucho y sus amigos, los saltos de los soldados que presenciaban la escena, parecía como si Argentina hubiese ganado el mundial; “¡Les dieron, les pegaron de pleno, mirá como rajan! “ gritaba Lucho abrazado al “Negro” Carracedo.
A la noche no podía dormir de la excitación que tenía: “¡Que bueno que estuvo! ¡Cómo se escaparon los piratas! A lo mejor se achican y se van. Quien sabe, pensaba cuando en la oscuridad la voz de Ramírez lo trajo de vuelta de aquellas imágenes de la tarde.
- “Che, Lucho, estirá la mano, tomá”.
Entonces vió como el “Viejo” sacaba de abajo del colchón una radio Spika, de color amarillo, chiquita, un poco más grande que un atado de cigarrillos.
- “Guardala bien, que no te la vean, que sino, ¡vamos en cana los dos!. Mirá que se la afané a unos kelpers que la dejaron en una ventana”.
Lucho no lo podía creer. ¡El “Viejo” consiguió una radio para escuchar el mundial! Saltó de la cama y le dio un abrazo que le hizo crujir los huesos.
- “¡Pará guanaco, que va a venir el sub y nos va a cagar a pedos! ¡Ahora dormite y no jodás más!”
Esa noche durmió abrazado a la “Spika”, soñando con el 13 de junio, con Argentina, con Diego, con el campeonato...
Los días siguientes ya la guerra era una cuestión de todos los días. Para fines de mayo el R.I. 7 tomó posición en Monte Longdon. Lucho, Carracedo y Ramírez estaban a cargo de un mortero. Cuando se instalaron, se dieron cuenta que no podían tener una trinchera porque sino no podían accionar el mortero. No quedaba más remedio que quedarse a cielo abierto, solo con una “carpita” (en realidad dos cachos de trapo agarrados con piedras sobre el suelo pelado) sin ningún tipo de resguardo.
A Lucho eso no le importaba. El rigor de la guerra, el clima, la falta de comida, eran cosas a las que ya se había acostumbrado. Lo importante era que la Spika andaba al pelo. Mejor en la altura del monte que en Puerto Argentino. Agarraba mejor la onda de Radio Provincia y con un alambre que le agregó a la antena, se escuchaba casi perfecto.
Desde el 8 de junio los combates se hicieron cada vez más intensos. Los batallones de paracaidistas ingleses seguían bajando y se agrupaban en la base del monte. En cualquier momento iban a empezar a subir la ladera. Lucho, el “viejo” y Carracedo seguían en sus puestos alejados del resto de los muchachos que estaban en una trinchera 50 metros más abajo.
El 11 y el 12 los bombardeos de la artillería sobre Kent, Longdon y Tumbledown parecía que aceleraban la ofensiva de las tropas inglesas. La vanguardia pirata ya estaba a menos de 500 mts y los paracaidistas eran cada vez más numerosos.
Sin embargo, el 13 a la mañana casi cambia todo. Siete aviones Skyhawk lanzaron sus bombas sobre el monte Kent donde estaba el comando inglés. Desde Longdon, Lucho sintió que la cosa se podía dar vuelta. Escuchaba a los ingleses gritar y maldecir y después hubo largas horas, hasta el mediodía, en que todo fue silencio.
Mientras Ramírez y el “Negro” manejaban el mortero, Lucho se fue a la “carpita” a sintonizar la radio. Era casi el mediodía y en Barcelona la Argentina empezaba contra Bélgica su sueño de campeón.
- Ahí está, ya empezó… les gritó Lucho a sus amigos que miraban el cielo expectantes. “¡Vamos Argentina carajo!, ustedes despachen a los Belgas que nosotros, acá, nos comemos a los gurkas”, le gritaba a la radio como si lo pudieran escuchar.
Lucho iba y venía, del mortero a la “carpita”. El combate se había reiniciado pero ahora la ofensiva era nuestra. Hasta que en una de esas idas y venidas la radio trajo el grito inesperado: “Gol, gol de Bélgica, Vanderbergh, gol de Bélgica, 17 minutos, Bélgica 1- Argentina 0”. No podía ser ¿¡Gol de Bélgica!? ¿Porqué a nosotros?, ¿con Diego, al Campeón del 78, justo ahora que nosotros, acá, vamos ganando? ¿Justo ahora aparece este Vander… de las bolas? No lo podía creer.
El “Viejo” y Carracedo dejaron de tirar, se sentaron en el suelo y lo miraron desconsolados: “¿En serio, Lucho, gol de Bélgica? ¿Puede ser tanta mala leche”?.
Se sentaron al lado del mortero, a fumarse un cigarrillo sin decir una palabra, pensando en quien sería Vander… no sé cuanto que nos había embocado.
No lo podían creer. Por un momento se apagaron todos los sonidos como si de repente la guerra hubiera terminado. Fue tan solo un momento, un descuido momentáneo, suficiente para que un Sea Harrier pudiera aproximarse y descargar su carga mortífera, al “Viejo” y al “Negro” les dio de pleno y a Lucho el rebote de una esquirla en las piedras le atravesó la columna. Mientras veía a sus amigos desangrándose a cuatro metros, inmóvil, aferrado a la radio con el último aliento, Lucho alcanzó a escuchar al gordo Muñoz gritando desde la Spika: “¡Final del partido! Bélgica 1 – Argentina 0, Vandenbergh a los 17 minutos del segundo tiempo, adelante ustedes en Argentina…”
- ¡ Lucho, Lucho, eh nene! ¡¿No escuchas, que te pasa?!
- Si vieja, discúlpame, estaba escuchando la radio con los auriculares y no te oí, ¿Que pasó?
- Te estoy llamando hace como 10 minutos, vení, mirá, están repitiendo los goles del Diego.
- Ahí voy, vieja, me levanto y voy.
- ¡Ah! También volvieron a pasar a tu hermano con la barra del “Abuelo” corriendo a los ingleses envuelto en una bandera Argentina. ¡Era el Rulo! Tu papá lo vió más clarito, era él, y dice que le pareció que mientras le sacudía un palazo a un colorado grandote, le gritaba: “Esta es por mi hermano, sorete, es por los pibes…”
- Lucho se sonrió. El viejo siempre agregando cosas a sus historias, pensó.
- Ahí voy vieja, guardo la “Spika” y ya voy…

P/D:
Malvinas no sólo fue una guerra. Fue una nueva herida en un cuerpo social que venía lacerado, una nueva generación que sufría la muerte y la derrota como habíamos sufrido la generación anterior a Malvinas.
El heroísmo y las actitudes miserables convivieron durante aquellos dos meses y medio de dolor y frivolidad.
Parece increíble pensar desde hoy que mientras la Argentina estaba en guerra, mientras los pibes peleaban por nosotros, la Selección Nacional participaba del mundial de España sin siquiera tener un gesto solidario y encima, como paradoja del destino, esa selección de estrellas y campeones mundialistas no fue capaz de luchar y dedicarle la victoria a ese grupo de soldados que morían por la Patria, en las Islas irredentas. A 30 años de aquella gesta ¡GLORIA A LOS HÉROES DE MALVINAS!




R.D.
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domingo, 19 de febrero de 2012

Confesiones para el viejo


Y otra vez estoy por acá, donde vos estas ya sin estarlo. Van para dos años que te fuiste y aun no logro encontrarme en frente de tu tumba. Lo esquivo inconscientemente, aunque en realidad si me sentase a pensarlo y a darle un poco de rosca al asunto, seguramente resultaría que en el plano consiente también.
Pero bueno, hoy vine porque si te ando soñando seguido es porque necesitamos un poco de este contacto. Eso sin contar como clara señal de la idea, que el otro día el cuadro que vos nos pintaste y se luce en casa, se soltó de un lateral y quedo tambaleando como un péndulo. La miré a Leti, después a Guadi que decía “¿qué pasó pa?” y dije en vos alta que tenía que venir al cementerio.

Estaciono y cuando bajo del auto se me abalanzan las vendedoras ofreciendo flores que para mí son todas iguales de feas, te traje estas que no sé si te hubiesen gustado, pero no se elegir.
Se te extraña viejo! Extraño hacer sobremesa con vos para terminar el vino con soda, extraño oír tu carcajada ante cualquier chiste malo mío, extraño que te emociones por cualquier cosa y te esfuerces sin éxito para que no me dé cuenta.
Por acá anda todo más o menos bien, bueno lo sabrás supongo. La vieja esta mil puntos, hasta te diría que los años la van poniendo sabia. No voy a entrar en detalles pero quédate tranquilo que te la cuidamos.
Yo bien, mi familia es la mayor alegría que tengo en la vida. Leti es un sol, no sabes cuánto lamento que no la hayas podido disfrutar un tiempo más como nuera. Y la pulga? Es un torbellino de 10 kilos y medio que no para nunca, ni quieta ni callada… A quien te hace acordar? Por lo menos yo no la amenazo como vos si lo hacías a mi de meterme pupilo en un colegio.
La casa esta revolucionada y un tanto ansiosa con la llegada de Matilda. Por cierto, te gusta el nombre? Algo me hace pensar de que no, pero después del que me pusiste vos a mí no podes replicar nada en absoluto.
Tanto te gastaba yo con tus plantas y el pasto y hoy me reconozco tan o inclusive mas obsesionado que vos con el tema. De aquellas plantas que vos me dejaste en macetas, creo que se me murió una sola y las demás gozan de más salud que yo. Tengo nuevas, que cuido y riego diariamente.
No conforme con eso, el pasto siempre se mantiene de un corto y riguroso verde. Pasa el tiempo y me siento más parecido a vos. Eso asusta un poco, enorgullece otro tanto e ilusiona también el resto. Espero no llegar a tener tu panza, o usar los pantalones tan arriba (casi tapando el ombligo) y sin remera.
Y hablando de nuestros parecidos, me doy cuenta que estoy riendo y llorando simultáneamente. ¿Te acordas? ¿Cuantas veces intentaste tapar lágrimas de emoción con carcajadas disimiles? Yo respondo: ¡Infinidad de veces!. Mientras dejo de jugar con las piedritas de la tumba de tu vecino, me seco las mejillas y acaricio tu foto sonriente el día de mi casamiento.
Bueno viejo, creo haberte puesto al día más o menos, aunque es muy probable que ya lo hayas estado pero de mi boca te puede resultar un tanto más amigable. Dicho sea de paso, si andas con tiempo y te cruzas con el titiritero de todo esto, pedile su bendición para el nacimiento de Mati, te lo agradezco.
Gracias por enseñarme a llevar conmigo siempre una sonrisa como primer gesto para todos lados, por tanto cariño. Parece que te emocionaste vos ahora… unas gotas empiezan a caer desde el cielo, te dejo ó mejor te llevo conmigo como siempre. Abrazo gigante taramela, chau.


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sábado, 4 de febrero de 2012

La vuelta del Abuelo Poeta

A casi un año del anterior artículo de Mano Inquieta sobre “El Abuelo Poeta”, otra vez me encuentro revolviendo viejos papeles escritos por Don Joaquín.
Con la misma emoción releo una carta escrita a María Laura (su nieta, mi hija) a raíz de un viaje de estudio que realizó a Portland, EEUU, a principios de 1995.
Será una sorpresa para algunos, pero para los que lo escucharon alguna vez, podrán comprobar que trata de un tema que habitualmente estaba entre sus preocupaciones, el desarraigo. En este sentido, esta carta es un verdadero ensayo literario sobre el tema, que la disfruten

“…Para darme cuenta de todo esto tuve que volver atrás todo lo visto y vivido en mi propia familia. Recordar a mis padres y tíos, antepasados de todos ustedes, en pocas palabras, que hicieron algo parecido a lo que yo estaba imaginando para mis nietos en un futuro cercano.
Ellos también buscaron nuevos horizontes emigrando de su tierra.
Eran todos catalanes (hasta mi único primo lo fue) y de las dos familias –padre y madre-, solo uno de los hermanos de mi madre quedó por siempre en su país. Mi padre, su hermano y su madre (mi abuelo paterno falleció joven en Cataluña) vinieron a la Argentina, como así también mis abuelos maternos y cuatro de sus hijos.
Mi padre llegó a la Argentina en 1911. Venía de una España en decadencia y conflictos. Se había perdido la guerra de Cuba en 1904 y muchos españoles perdieron allí la vida o volvieron enfermos, muchos de paludismo, encontraron a su patria envuelta en convulsiones sociales y políticas profundas, con rebeliones anarquistas, atentados y represiones. España y sus habitantes estaban pobres, con bajísimos niveles de educación popular y dificultades para conseguir el sustento diario en muchísimos casos. Además el temor a nuevas guerras estaba latente.
Y entonces, tanto españoles, como también pasó algo similar con los italianos, buscaron un nuevo mundo, que en ese instante parecía mejor. Y muchísimos se dirigieron a la Argentina.
Queridos nietos: medio siglo después seguían con su alma en su país. Yo vi a mi papá muy enfermo delirar con una vertiente de agua fresca de la que él había bebido cuando joven. Y esa vertiente no se encontraba, como las que yo recuerdo entrañablemente, en las sierras de Córdoba, en Catamarca o Tucumán. Era el Pirineo español. Y en su fiebre la veía en medio de los pinos, vislumbrando a lo lejos el mar de Cataluña, mientras estoy seguro que en su cerebro sonaban acordes de sardanas.
Ya desde mi infancia había escuchado añorar la música de zarzuela, recordar los paisajes incomparables de su tierra. Hablar de Barcelona, de Montserrat, del Paseo de Gracia, la Rambla de las Flores, la Plaza de Cataluña, el monumento a Colón como algo incomparable, único, bellísimo.
Y es que el mar catalán era más mar que ninguno, sus montañas las más bellas, sus gentes las mejores gentes.
Y todo esto no lo terminaba de entender, hasta que me di cuenta de que todo lo que decían era verdad. De que para ellos era realmente así.
Y es que el mar, las montañas, la música, las ciudades, las gentes mejores, más bellas, más entrañables, son las que se ven con los ojos de la niñez, la adolescencia y la juventud.
Porque los sentidos, los sentimientos, las ideas se formaron, se emocionaron y crecieron y gozaron la época de mayor transformación, la época que nos marca para toda la vida.
Y entonces me di cuenta de porqué, en los ojos de mis padres, de mis tíos, de mis abuelos, siempre había como una nube de tristeza, de melancolía. Era el dolor de la añoranza de lo perdido.
Habían perdido los cimientos, las bases de sus vidas; los habían dejado demasiado lejos. Habían perdido, como dice una canción que canta Peteco: “el brillo del alma”.
Porque sus almas no estaban totalmente con ellos, en el país donde vivieron inclusive la mayor parte de sus vidas.
Fue como si a esa alma la hubieran partido por la mitad con un hachazo certero en el momento de partir.
Y nunca se volvieron a reunir con esa mitad. Yo diría con la parte más ingenua, entusiasta, vivaz, vital de ese intangible órgano: con su alma de niños, de adolescentes y de jóvenes.
Por eso sus pensamientos, sus sentimientos, todos sus recuerdos, el tiempo y la distancia hacían que lo vivido les pareciera mejor de lo que realmente fue. Volaban constantemente para tratar de reunirse con esa parte separada abruptamente tantos años antes. Y quizás, solamente al rememorar a sus gentes, sus paisajes, sus costumbres, su país, recuperaban en parte ese “brillo del alma” de sus años jóvenes.
Chicos: hemos sido quizás “condenados” a no poder separarnos impunemente de nuestras raíces, de la tierra en la que pasamos los primeros años de nuestras vidas.
La felicidad –ese indefinible estado huidizo, cambiante y veleidoso que todos perseguimos a lo largo de la existencia – quizás solo pueda ser completa, aunque por períodos o momentos, si no hemos sido desterrados del lugar de nuestros primeros recuerdos, de nuestras primeras experiencias, imágenes, emociones, amores; si no nos hemos extrañado de nuestra tierra. Porque al fin y al cabo, como las plantas, también morimos emocionalmente si nos cortan las raíces.”
GRACIAS JOAQUIN
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miércoles, 18 de enero de 2012

Obdulio Varela – El reposo del Centrojás (Osvaldo Soriano)

En el suplemento de cultura del diario “La opinión”, el 16 de julio de 1972 en la sección llamada “Historia de vida” sale publicado por Osvaldo Soriano este artículo. Según palabras del autor: “consistía en escuchar ante un grabador, durante cinco o seis horas (tal vez mas) a un hombre o una mujer que reconstruían los mejores (o lo más terribles) momentos de su existencia. Luego había que comprimir sin reducir, restituyendo a la vez el sabor del relato, el estilo narrativo del entrevistado”
Es imperdible por lo entrañable del personaje y también por la nitidez de Soriano para hacerlo relucir. Para aquellos que no lo conocían, ojala lo puedan disfrutar. Para los que si, que disfruten de la relectura que siempre también es gratificante.

El reposo del Centrojás

Mire usted lo que son las cosas. Nosotros habíamos empatado con España dos a dos con un gol que yo hice sobre la hora, esos goles que salen de suerte; el segundo partido le habíamos ganado a Suecia tres a dos, ahí no más. Los brasileños venían matando. Le habían marcado seis goles a los suecos y otra media docena a los españoles. Cuando fuimos a la final nadie dudaba de que ellos nos aplastarían. Tenían un cuadro bárbaro, eran locales y el mundo entero esperaba que ganaran el Mundial. Nosotros jugábamos, puede decirse, contra todo el mundo.
Eso, creo, debía darnos tranquilidad. Nuestra responsabilidad era menor. Recuerdo que un dirigente uruguayo lo llamó a Óscar Omar Míguez, el centroforward del equipo, poco antes de salir a la cancha, y le dijo que estuviéramos tranquilos, que los dirigentes se conformaban si perdíamos nada más que por cuatro goles. Dijo que con llegar a la final ya debíamos estar satisfechos y que se trataba ahora de evitar el papelón, de no tragarse una goleada muy grande.
Yo lo escuché y eso me indignó. Le dije: “Si entramos vencidos mejor no juguemos. Estoy seguro de que vamos a ganar este partido. Y si no lo ganamos, tampoco vamos a perder por cuatro goles”.
Yo tenía 33 años y muchos internacionales encima. Estaban listos si creían que nos iban a pasar por arriba así nomás. Los otros muchachos del equipo eran jóvenes, sin mucha experiencia, pero jugaban bien al fútbol. Además, poco antes habíamos jugado contra los brasileños la copa Río Branco y les habíamos ganado 4 a 3 el primer partido; después perdimos dos veces por uno a cero, pero nos habíamos dado cuenta de que se les podía ganar. Ellos tienen mucho miedo de jugar contra los uruguayos o contra los argentinos.
Antes de salir a la cancha, el director técnico Juan López me dijo, como siempre, que yo debía dirigir, ordenar el equipo dentro de la cancha. Entonces, cuando íbamos para el túnel, les dije a los muchachos: “Salgan tranquilos. No miren para arriba. Nunca miren a la tribuna; el partido se juega abajo”.
Era un infierno. Cuando salimos a la cancha eran más de cien mil personas silbando. Entonces nos fuimos hacia el mástil donde se iban a izar las banderas. Cuando salió Brasil lo ovacionaron, claro, pero después mientras tocaban los himnos, la gente aplaudía. Entonces les dije a los muchachos: “Vieron cómo nos aplauden. En el fondo esta gente nos quiere mucho”.
Al juez no le di la mano. Nunca le di la mano a ningún árbitro. Lo saludaba, sí, lo trataba con respeto, pero la mano nunca. No hay que hacerse el simpático. Después la gente dice que uno va a chupar las medias del que manda en el partido.
En el primer tiempo dominamos en buena parte nosotros, pero después nos quedamos. Faltaba experiencia en muchos de los muchachos. Nos perdimos tres goles hechos, de esos que no puede errarlos nadie. Ellos también tuvieron algunas oportunidades, pero yo me di cuenta de que la cosa no era tan brava. El asunto era no dejarlos tomar el ritmo demoledor que tenían. Si fracasábamos en eso, íbamos a tener delante una máquina y entonces sí que estábamos listos. El primer tiempo terminó cero a cero.
En el segundo tiempo salieron con todo. Ya era el equipo que goleaba sin perdón. Yo pensé que si no los parábamos nos iban a llenar de goles. Empecé a marcar de cerca, a apretarlos, para tratar de jugar de contragolpe. Creo que fue a los seis minutos que nos metieron el gol. Parecía el principio del fin.
La voy a contar algo que la gente no sabe. Todos vieron que yo agarraba la pelota y me iba para el medio de la cancha despacio, para enfriar. Lo que no saben es que yo iba a pedir un off-side, porque el linesman había levantado la bandera y después la había bajado antes de que ellos hicieran el gol. Yo sabía que el referí no iba a atender el reclamo, pero era una oportunidad para parar el partido y había que aprovecharla. Me fui despacito y por primera vez miré para arriba, al enjambre de gente que festejaba el gol. Los miré con bronca, lleno de bronca y los provoqué. Tardé mucho en llegar al medio de la cancha. Cuando llegué, ya se habían callado. Querían ver funcionar a su máquina de hacer goles y yo no la dejaba arrancar de nuevo. Entonces, en vez de poner la pelota en el medio para moverla, lo llamé al referí y pedí un traductor. Mientras vino, le dije que había off-side y qué sé yo, había pasado por lo menos otro minuto. ¡Las cosas que me decían los brasileños! Estaban furiosos. La tribuna chiflaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada. Serio no más.
Cuando empezamos a jugar de nuevo, ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban; entonces todos nos dimos cuenta de que podíamos ganar el partido.
¿Cómo conseguimos eso? Es que el jugador tiene que ser como el artista: dominar el escenario. O como el torero, dominar el ruedo y al público, porque si no, el toro se le viene encima. Uno sabe que en una cancha extraña no le van a aplaudir, por más que haga buenas jugadas. Entonces tiene que imponerse de otra manera, dominar al adversario, al público y a sus mismos compañeros. Claro, yo había jugado un millón de partidos en todas partes, en canchas sin tejido, sin alambrado, a merced del público, y siempre había salido sanito. ¡Cómo me iban a achicar ese día en el Maracaná, que tenía todas las seguridades! Ahí yo tenía que dominar, porque tenía todas las facilidades y sabía que nadie podía tocarme.
Cuando hicimos el segundo gol, que lo hizo Gigghia (el primero lo convirtió Schiaffino), no lo podíamos creer. ¡Campeones del mundo, nosotros, que veníamos jugando tan mal! Al terminar el partido, estábamos como locos. En Brasil había duelo. Los cajones de cañitas flotaban en el mar. Era una desolación.
Esa noche fui con mi masajista a recorrer unos boliches para tomar unas chopps y caímos en lo de un amigo. No teníamos un solo cruzeiro y pedimos fiado. Nos fuimos a un rincón a tomar las copas y desde allí mirábamos a la gente. Estaban llorando todos. Parecía mentira: todo el mundo tenía lágrimas en los ojos. De pronto veo entrar a un grandote que parecía desconsolado. Lloraba como un chico y decía: “Obdulio nos ganó el partido” y lloraba más. Yo lo miraba y me daba lástima. Ellos habían preparado el carnaval más grande del mundo para esa noche y se lo habíamos arruinado. Según ese tipo, yo se lo habíamos arruinado. Me sentía mal. Me di cuenta de que estaba tan amargado como él. Hubiera sido lindo ver ese carnaval, ver cómo la gente disfrutaba con una cosa tan simple. Nosotros habíamos arruinado todo y no habíamos ganado nada. Teníamos un título, pero ¿qué era eso ante tanta tristeza? Pensé en el Uruguay. Allí la gente estaría feliz. Pero yo estaba ahí, en Río de Janeiro, en medio de tantas personas infelices. Me acordé de mi saña cuando nos hicieron el gol, de mi bronca, que ahora no era mía pero también me dolía.
El dueño del bar se acercó a nosotros con el grandote que lloraba. Le dijo: “¿Sabe quién es ése? Es Obdulio”. Yo pensé que el tipo me iba a matar. Pero me miró, me dio un abrazo y siguió llorando. Al rato me dijo: “Obdulio ¿se vendría a tomar unas copas con nosotros? Queremos olvidar ¿sabe?” ¡Cómo iba a decirle que no! Estuvimos toda la noche chupando en los boliches. Yo pensé: “Si tengo que morir esta noche, que sea”. Pero acá estoy.
Si ahora tuviera que jugar otra vez esa final, me hago un gol en contra, sí señor. No, no se asombre. Lo único que conseguimos al ganar ese título fue darle lustre a los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Ellos se hicieron entregar medallas de oro y a los jugadores les dieron unas de plata. ¿Usted cree que alguna vez se acordaron de festejar los títulos de 1924, 1928, 1930 y 1950? Nunca. Los jugadores que intervinimos en aquellos campeonatos nos reunimos ahora por nuestra cuenta todos los años el 18 de julio, que es la fecha patria. Lo festejamos por nuestra cuenta. No queremos ni acordarnos de los dirigentes.
Yo empecé a jugar al fútbol en serio por una casualidad. Éramos doce hermanos, hijos de un vendedor de factura de cerdo. Siempre fuimos muy pobres. Yo fui a la escuela tres años y tuve que largar para ir a vender diarios, primero, y después a lustrar zapatos. Como lustrador sacaba seis pesos por mes en el año 32. Un día me invitaron a jugar un partido de barrio. Allá encontré a mi hermano que jugaba en el otro equipo. Al fin, cuando me estaba cambiando para salir a jugar, apareció el titular del equipo, que era el tanque Amato, y no me pusieron. Entonces vino mi hermano y me dijo que si quería entrar para ellos. Como yo había ido a jugar al fútbol, acepté. Ganamos y me quedé en el equipo.
Los muchachos me consiguieron un trabajo de albañil y yo me puse muy contento. Empecé a jugar en un club que intervenía en el campeonato de intermedia, que venía a ser como la primera B de ascenso ahora. Parece que andaba bien, porque un día me avisaron que me habían vendido al Wanderers por 200 pesos.
Sin preguntarme nada, me vendieron como una bolsa de papas. Cuando me enteré fui a ver a los dirigentes del Wanderers y le pregunté: “¿Quién va a defender al club, el Deportivo Juventud o yo?” Conseguí que me dieran los 200 pesos. Ese día me compré de todo con esa plata. Cuando aparecí en casa mi madre no quería creer que me habían dado toda esa plata. Ella creía que yo andaba en malos pasos.
Es que cuando uno se cría en la calle, tiene dos caminos: aprende a defenderse con dignidad, como hice yo porque tuve la oportunidad, o se larga a cualquier cosa, como les pasa a otros que no tienen una chance.
A mí me fue tan bien que, cuando subimos, no bajamos nunca más. Debuté en el Wanderers contra River Plate y perdimos, pero después le ganamos a Bella Vista. Por fin, en el estadio centenario jugamos contra Peñarol. Yo tenía enfrente nada menos que a Sebastián Guzmán, el maestro. Ellos tenían un cuadrazo, pero les ganamos 2 a 1. No me lo olvido jamás. Estuve cuatro años en el Wanderers y en 1943 pasé a Peñarol por 16 mil pesos, una cifra récord para el pase de un jugador. Me quedé para siempre en Peñarol hasta 1955 que largué el fútbol.
Ahora estoy muy arrepentido de haber jugado. Si tuviera que hacer mi vida de nuevo, ni miro una cancha. No, el fútbol está lleno de miseria. Dirigentes, algunos jugadores, periodistas, todos están metidos en el negocio sin importarles para nada la dignidad del hombre. Yo siempre me lo tomé de la mejor manera. Cuando vinieron a sobornarme, no me enojé ni los saqué a patadas ni los denuncié. Les dije que no, que buscaran a otro con menos orgullo que yo. Yo siempre me guié por la filosofía simple que aprendí en la calle, allí se aprende todo; hay que vivir, cueste lo que cueste, vivir, y a cambio de eso hay que dejar vivir.
Muchas cosas me dolieron. Los periodistas se metieron en mi vida privada, me atacaron mucho durante la huelga de jugadores porque ellos le hacían el juego a los clubes. Yo decidí vivir mi vida y rompí con ellos. Desde entonces me encapriché y me negué a salir en las fotos que tomaban al equipo en la cancha. Cuando mis compañeros me pedían que saliera, me ponía de costado y miraba para otro lado. Una vez los cronistas hicieron un planteo a Peñarol y el club me llamó para convencerme de que tenía que ser amable y salir en las fotos. Entonces les pregunté: “¿Para qué me contrataron: para sacarme fotos o para jugar al fútbol?” Ahí se terminó el incidente. No quise saber más nada con dirigentes ni con periodistas que escriben lo que quieren los que mandan. Yo sé que hay que ganarse la vida pero no hay motivo para ensuciar a los demás. Por eso yo no volvería a acercarme a una cancha aunque me ofrecieran millones. A mí me castigaron mucho y no lo aguanto. Por eso le dije que si ahora tuviera que jugar una final, me hago un gol en contra. No vale la pena poner la vida en una causa que está sucia, contaminada. El que se sienta capaz, que lo haga. Algún día tendrá que rendir cuentas: entonces sabremos quién es quién y si valía la pena ensuciarse.

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